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El bloqueo no es ningún mito

Por: HECTOR ARTURO

(26/10/2007 12:05)

Hay quien se olvida que el bloqueo existe.Los que viajan a Cuba pueden apreciar sus efectos. Los cubanos lo sufrimos minuto tras minuto, desde hace más de 45 años

El bloqueo no es ningún mito

Los jóvenes cubanos han nacido todos bajo los efectos del criminal e injustificado bloqueo económico, comercial y financiero del Gobierno de los Estados Unidos contra Cuba, que es el más prolongado de la historia de la humanidad.

Necesitas tomar un ómnibus para trasladarte hacia el trabajo o la escuela. O para visitar a un familiar o amigo. O para llevar a tus hijos al zoológico o al parque de diversiones.

Y el ómnibus no llega. Se demora. Pasan horas. Ya no eres solo tú esperando, sino decenas y decenas de personas, cada cual con su proyecto.

Quizás encuentres consuelo en pensar que en la década de los 90, cuando comenzó el Período Especial, fue mucho peor: literalmente se paralizó el transporte cuando dejó de llegar el combustible de la Unión Soviética, que acababa de ser vendida en bandeja de plata al imperio, desmembrada como no logró hacer la invasión fascista, con la diferencia de que en esta ocasión no se escuchó un solo disparo, porque los disparates y traiciones no tienen sonido.

Las avenidas y calles están deterioradas. Las fachadas de las viviendas necesitan urgentemente de reparaciones para alargarles su tiempo útil. El agua potable la recibes por horarios reducidos. La fábrica o escuela necesitan al menos de una mano de pintura. Los animales del zoológico se ven famélicos y los aparatos del parque infantil no funcionan por falta de reparaciones.

La Libreta de Abastecimientos, que garantiza para los 11 millones de cubanos, a precios subsidiados por el Estado lo que en otras partes se denomina canasta básica, se reduce a unos pocos productos, y el resto debes adquirirlos bien caros, en los mercados agropecuarios de oferta y demanda, esa ley que algunos "consejeros" nos proponen como solución, camino, vía expedita. O trampa para que resbalemos y caigamos en el lodazal que empantana al mundo neoliberal globalizado.

Vas a atenderte con el médico y puede que tengas que esperar más tiempo del debido para someterte a una intervención quirúrgica, porque sencillamente falta el hilo para las suturas, el catéter para una inducción o el equipo de esterilización están descompuestos, por falta de suministros de piezas, accesorios, material gastable y agregados.

Tía Yoya muere y todo el funeral, durante la madrugada, tienes que pasarlo con los tuyos a la tenue luz de una vela adquirida en divisas, porque un apagón ocasionado por una avería se le ocurrió acompañarlos en este triste momento.

Tu primo Omar también acaba de fallecer, no por las heridas que recibió en el accidente de tránsito, sino porque el respirador artificial presentaba problemas, y dejó de oxigenarlo como requería su estado grave.

Entras a la Sala de Pediatría del Instituto de Oncología y Radiobiología y allí están las sonrisas de los niños amenazadas con extinguirse para siempre.

¿Has visto acaso llorar a un médico por la muerte de un paciente? ¿Lo has sentido abrazar a una madre que acaba de perder a su hijito de dos añitos de edad, y ambos derramar sus lágrimas, uno sobre el pecho del otro?

¿Has pensado en que en la Sala de Espera hay un padre y unos abuelos y unos hermanitos y unos tíos que también van a llorar?

El Indio Naborí escribió en sus versos:

"Los niños no han nacido para morirse niños;
nacen para crecer y enarbolar banderas…
Hay que poblar al mundo de parques y piñatas,
De bosques y alamedas…"

Pero te repito que acaba de morir un niñito de apenas dos añitos, que pudo haber sido tu hijo o mi hijo, tu nieto o el mío.

Los médicos cubanos, eso lo reconocen todos los familiares, hicieron lo imposible por salvarle su pequeña existencia, aliviarle el dolor y devolverle la alegría a su carita linda.

Pero los yanquis lo asesinaron a mansalva, porque le negaron un medicamento de última generación, un suero citostático o una simple aguja que tuviera por marca el macabro "Made in USA".

No hablo de aquellos 101 niñitos que ellos mismos asesinaron con la epidemia de dengue hemorrágico, introducido en Cuba en 1981 por un agente de la CIA, que confesó cínica y públicamente su crimen, se pasea libremente por las calles miamenses y ni siquiera ha sido molestado por el FBI.

Tampoco menciono a los niños cubanos, muertos o mutilados por ataques terroristas provenientes de Miami, bajo el manto criminal de 10 administraciones de Estados Unidos, que amparan, protegen, cobijan y alimentan a esos monstruos del horror, porque ellos mismos los engendraron, amamantaron y criaron. Y lo siguen haciendo con vistas a más acciones en el presente y el futuro, lo cual justifica plenamente la infiltración entre esas bandas de asesinos a sueldo de los Cinco Héroes Cubanos prisioneros políticos del imperio, que por su inocencia deben ser ya puestos en libertad.

Sencillamente me refiero a que cualquier niño cubano puede morir ahora mismo a causa de las limitaciones impuestas por el bloqueo yanqui contra Cuba, el más prolongado y cruel de la Historia de la Humanidad, que entró oficialmente en vigor en febrero de 1962, aunque desde ese mismo mes, en 1959, ya habían comenzado a presionar a este pequeño país, que se le escapaba de sus garras para siempre.

El bloqueo, desde su aprobación por John F. Kennedy, es todo un entramado de leyes, decretos, medidas, oficinas y personal, dedicado a tiempo completo a tratar de doblegar a Cuba por hambre, enfermedades y muerte.

Las leyes internacionales reconocen a tales actos como Delito de Genocidio y Terrorismo de Estado, aunque allá se empeñen en continuar llamando como "embargo" a tal engendro, que extiende sus tentáculos hacia terceros, cuartos y quintos países, presionados, amenazados y sancionados por comerciar con Cuba, en este mundo actual donde tanto se habla del "libre mercado".

La Ley Torricelli, en 1992, y la Helms-Burton, en 1996, endurecieron y otorgaron carácter extraterritorial al bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, y el presidente George W. Bush se ha encargado de recrudecerlo al máximo, para complacer a los mafiosos anticubanos que lo llevaron al poder en el año 2000, mediante un escandaloso fraude en la Florida, donde las elecciones se desarrollaron en un ambiente similar al de la Cuba de antes de 1959, esa que añoran restaurar en sus imposibles pesadillas.

La mentira esgrimida y descubierta es que se trata de un asunto bilateral entre Cuba y Estados Unidos, cuando la gran verdad es que decenas de países y cientos de miles de personas se ven afectadas directamente como consecuencia del bloqueo yanqui, incluso dentro del propio territorio de Estados Unidos, donde cada vez son más las voces que exigen el fin de tan descabellada e inhumana práctica.

Pero estos esquizofrénicos alcohol-dependientes gastan más millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses en vigilar por todo el Planeta las transacciones comerciales o financieras de Cuba, que en perseguir a las bandas terroristas de Al Qaeda y otros grupos afines.

A estas alturas, siete de cada 10 cubanos han nacido bajo los efectos del bloqueo, que van desde todo lo antes mencionado hasta la carencia de un simple creyón labial para celebrar los 15 de una muchachita, un lápiz de colores para que un niño pinte a Elpidio Valdés o una cuchilla de afeitar para el abuelito.

El objetivo está más que definido. Apoderarse de Cuba, ansia imperial desde antes de independizarse las 13 Colonias de Inglaterra y constituirse aquel país como Nación.

Ya a fines del siglo XIX, J. C. Breckenridge remitió a las máximas autoridades de su país un documento en el cual planteaba que para alcanzar ese añorado anhelo, Estados Unidos debía bloquear a Cuba, aún en guerra contra el colonialismo español, para diezmar a la población por hambre y enfermedades, y obligarla a caer en manos del naciente imperio.

Después, en 1960, antes de proclamarse el carácter socialista de la Revolución Cubana, otro alto funcionario de la administración de Kennedy firmó otro memorando que es casi copia al carbón del anterior. Reconocía que al no existir en Cuba la oposición interna, Estados Unidos estaba obligado a engendrarla mediante la creación de escaceses y privaciones, para que la población se disgustara y levantara en contra del cambio.

A partir de entonces, todo ha sido más de lo mismo, siempre con una vuelta de tuerca más a la infernal maquinaria del bloqueo, condenado por la inmensa mayoría del Planeta, e incluso dentro del mismo Estados Unidos.

Nadie, pues, se llame a engaños. Quien viaje a Cuba podrá ver las secuelas del bloqueo yanqui, ese que sufren y padecen los cubanos año tras año, minuto a minuto y segundo a segundo, con más estoicismo que los espartanos, y sin interés alguno de doblegarse, ni rendirse, ni alquilarse, ni venderse.

Así que sobran los consejos piadosos, las propuestas paternales o maternales y las sugerencias de que hagamos una que otra concesión en nuestro deseo soberano de hacer en Cuba lo que nos venga en ganas.

La suerte está echada desde el 10 de Octubre de 1868, cuando el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, liberó a sus esclavos para iniciar las gestas independentistas, con la idea, entre otras, de que jamás fuéramos esclavizados por ninguna potencia extranjera.

El camino continuará nadie sabe hasta cuándo, cubierto de piedras y de espinas.

Pero no hay mal que dure 100 años, ni imperio que resista tanto tiempo cometiendo crímenes genocidas con absoluta impunidad.

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